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Leyendo a Frederick Rolfe tras más de un siglo

  • Carmen Baena Caballero
  • Mar 11
  • 2 min read

¿Por qué traducir, editar y publicar en pleno siglo XXI un libro escrito a finales del siglo XIX? Pues muy sencillo, porque su relevancia a día de hoy no es en absoluto menor a la que tenía en su época. Y esto es gracias nada más y nada menos que al excentricismo de un autor visionario: Frederick Rolfe.

Si pensamos en un libro con un tono irónico y sensual, que muestra un claro gusto por la vida mediterránea y por lo que hoy día llamamos aesthetic, podríamos imaginar dicho libro apareciendo en Pinterest o siendo recomendado por las booktokers más famosas. Sin embargo, probablemente no hagamos la misma conexión al pensar en Las historias que Toto me contó. Esto va a cambiar ya.

Y es que, en realidad, cuando Rolfe escribió estas historias, su interés era muy parecido al que se suele tener hoy día: escapar de la realidad a un lugar idílico que represente todo lo que a uno le gusta… Un paraíso, vaya. El paraíso de Rolfe resultó ser Italia. ¿A que suena familiar? Claro, porque hay obras actuales tanto literarias como audiovisuales muy populares que se centran en la estética italiana, como Llámame por tu nombre, ambos el libro y su adaptación cinematográfica. Además, comparar la historia de Elio y Oliver con los ocurrentes relatos de Toto es una actividad muy curiosa, no solo por las similitudes en su escenario mediterráneo, sino también por su tono homoerótico, que, aunque se mantiene latente en la obra de Rolfe, André Aciman lo ha sacado a relucir en todo su esplendor.

Por supuesto, no podemos olvidarnos de todas las referencias religiosas en Las historias que Toto me contó. Rolfe usó su ingenio para transmitir en su obra tanto su amor e interés por la religión católica como sus aspectos contradictorios e irónicos. Por eso, cualquier lector a quien le guste cuestionar todo lo socialmente establecido apreciará las discretas críticas que Rolfe insertó en los relatos, como el hecho de que una herejía será algo terrible y digno de castigo siempre y cuando Dios no lo haya dicho primero.

Teniendo todo esto en cuenta, si Rolfe fuera un escritor actual, probablemente sería reconocido y alabado por su agudeza y su chispa. No podemos negar que, por mucho que su obra sea un espejismo de la vida que nunca pudo tener (ya que su vida en Italia era de todo menos idílica y nunca consiguió dedicarse a la religión), el resultado es una muestra exquisita del decadentismo. Además, seguro que muchos lectores se pueden sentir identificados con su espíritu soñador y, como nos gusta decir ahora, delulu.


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