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El día que el cielo se volvió una comedia: santos, lirios y sonrojos

  • María de las Heras Díaz
  • Mar 5
  • 3 min read

Con la publicación de Las historias que Toto me contó, Frederick Rolfe decidió que el cielo necesitaba urgentemente algo que rara vez se le concede en literatura: sentido del humor. Y en el capítulo, «Sobre los lirios de san Luis» lo demuestra con una escena que, si uno lo piensa bien, tiene más ritmo de comedia que de catecismo.

La situación es sencilla y por eso mismo brillante: en el cielo, san Sebastián y san Pancracio se comportan como dos chiquillos que no han perdido las ganas de hacer travesuras. San Sebastián, además, anda casi siempre desnudo porque así fue como llegó allí, y en el paraíso a nadie parece importarle. Salvo a san Luis que en cuanto se cruza con san Sebastián se pone rojo y no sabe muy bien dónde mirar. Es un poco como cuando llegas nuevo a un grupo y enseguida detectas a esa persona que va por la vida llamando la atención. Esa que habla con todo el mundo y parece cero preocupada por lo que piensen los demás. Tú por fuera te muestras indiferente, incluso piensas «¿este de qué va?». Pero, siendo sinceros… el rubor te delata.

La belleza casi exagerada con la que Rolfe describe a san Sebastián parece salida de una escultura clásica. Nos invita a verlo con una admiración que no es del todo inocente. En su narración hay cierto tono, una especie de fascinación por la juventud y el cuerpo masculino, que crea una atmósfera erótica sin volverse explícita. Es una mera contemplación, nada escandaloso, pero lo acabas notando al leer sobre cómo san Luis se sonroja al ver la desnudez de san Sebastián.

San Luis, el recién llegado que siempre lleva un lirio consigo, un correctísimo jesuita, ve a san Sebastián y su alerta moral se enciende. Se pone tenso ante su presencia y sus mejillas se sonrojan, le pide que por favor se tape porque, claro, ¿cómo va un santo a mostrar tanta piel en el cielo? La constante súplica de san Luis por que san Sebastián se tape un poco los lleva a vivir una escena divertida: mientras que san Sebastián y san Pancracio se bañan en un lago, san Luis, suplicando por ver un poco menos de carne, acaba con su lirio destrozado por culpa de un pequeño juego entre los santos, iniciando un breve conflicto entre ellos.

Es imposible no imaginar esta escena como una especie de sitcom celestial. El compañero de piso rarito con normas de convivencia para todos, y sus dos compañeros que llevan siglos viviendo entre el más absoluto caos. Los dos santos juguetones recuerdan a Chandler y Joey en Friends, bromeando y disfrutando la vida sin demasiadas preocupaciones, y san Luis recuerda a Ross cuando alguien le tiró el sándwich a la basura.

La tensión entre ellos dura poco y nadie queda destruido en el proceso. San Luis no es ridiculizado con crueldad, simplemente queda expuesta su incomodidad, y a su vez esa incomodidad no le nace por crueldad sino porque es lo que ha aprendido a lo largo de su vida. Él ha aprendido que el cuerpo debe cubrirse y protegerse. Gracias a San Sebastián y san Pancracio descubre que en este cielo la pureza no consiste en tapar, sino en no mirar con sospecha. ¿El resultado? Un paraíso sorprendentemente humano. Los santos no son estatuas de altar, sino personajes con química, con pequeñas burlas y afecto por el prójimo.

Lo más llamativo del capítulo no es la desnudez, sino la normalización de esta. San Sebastián no necesita justificarse, no se siente observado con culpa, él simplemente existe. El lector puede reírse ante la situación, puede detectar la tensión estética, puede percibir el guiño homoerótico, pero todo ocurre en un registro tan ligero que el escándalo desaparece antes de que nos demos cuenta.


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